.
.

.

Las mujeres wayuu preservarán los e’irukuu en la consciencia del ser en las niñas


Wayuu

Corre descalza y se hinca. Escarba a la arena con sus manos. Voltea la mirada y ve una rama seca pequeña y una semilla como de aguacate. Juega, juega, juega. Ella sola juega sin importarle el picor del sol. El viento le enreda su cabello rebelde. Nada la distrae. Cava un hueco y mete la semilla: hace su primera siembra en la Madre Tierra.

Así crece la niña de cara redonda y mejillas tostadas, de la casta Ja’yaliyuu: entre la ranchería y la escuela, entre las tías y los maestros, entre la cultura y la educación.

Ya no corre ni juega en los caminos polvorientos. Sale poco de su casa de barro, apenas se asoma por la rendija de la puerta. Tiene 12 años. Sus senos están creciendo, se le nota en la manta de flores. Ya no se le ve más por la ranchería. Su abuela, su madre y sus tías la guardaron en un cuarto con un chinchorro en alto; pero, antes, la bañaron y le dieron los remedios wayuu, le cortaron el cabello y la vistieron con una manta roja nueva.

Se convirtió en majayut.

Trescientos sesenta y cinco lunas pasaron para que viera el sol de nuevo. Ya sabe tejer süsü y está aprendiendo a hacer chinchorros. Habla poco. Observa mucho. Aprende a ser mujer.

Jiet wayuu: la que cocina, la que ordena, la que atiende. La que pare y da el clan. La que, con sabiduría, debe preservar el buen vivir y la cultura wayuu.

Esta es la historia, según la cosmovisión wayuu, del deber ser de la mujer wayuu, de su rol en la estructura social de esta cultura milenaria. Pero, la realidad es otra.

Cincuenta y cuatro e’irukuu no se mantienen sólo por la multiplicación de gentes. Eso es una práctica meramente biológica que no trasciende, a juicio de Rafael Mercado, investigador y lingüista wayuu. “Lo que hará permanecer y perpetuar nuestra cultura: la de los usos y costumbres, la de la espiritualidad es la educación o formación que le demos a nuestras niñas, majayut y mujeres wayuu”.

Todo comienza en aquella niña que corría descalza y despelucada, llena de arena, por la ranchería. O, en la actualidad, en el patio de la casa. En la libertad y en la educación. “En el modelo pedagógico de la matriz”, explica Mercado, “donde todo comienza en la fecundidad, en el origen de la vida que, si bien es una realidad biológica, no se queda en la concepción y en el momento del parto. No. En vivir en función de ese objetivo: del respeto a la vida, de la siembra y del cultivo del ser”.

Así es que puede perpetuarse los e’irukuu: con la consciencia y la práctica del ser. Y sólo las abuelas, las madres, las tías wayuu son las responsables de que los clanes permanezcan en el tiempo, fieles a la práctica de la espiritualidad y del buen vivir wayuu. Sin “tapar las fallas con el velo de la cultura”, como dijo en una entrevista la psicóloga wayuu, Sandra Morales. Esa cultura que va más allá del colorido, de la yonna y de los lugares exóticos de La Guajira. La cultura que se hace desde los adentros, desde “la consciencia del ser”, como profesaba Jayariyú Farías Montiel.