Ükhas Knaitxi: Nasawesxa / Vencedores del miedo: indígenas Nasa

En las cumbres montañosas del Cauca, los indígenas Nasa, hijos de la Madre Tierra, siguen en lucha por la defensa de la vida y con rituales buscan ‘sanar’ al territorio. En los últimos días sus líderes, guías espirituales y guardias han sido asesinados tras su acción colectiva de evitar que sus resguardos sean usados para cultivos ilícitos y escenario de violencia.

Esta historia comienza a tejerse desde enero de este 2019, cuando los Nasa en Toribío, Cauca, con rituales de armonización y diálogos colectivos alertaron de una nueva guerra. Desde la tulpa, el espacio donde comparten la palabra alrededor del fuego, un guía espiritual habló de la ‘enfermedad’ del territorio causada por los sembradíos de coca y de marihuana. Desde entonces, los líderes se aferraron al mandato de la comunidad. Mes a mes advirtieron de las amenazas y de los riesgos que padecen y juntos avanzaron en ‘limpiar’ sus resguardos y en exigirles a los grupos armados y de narcotraficantes que se fueran. Mientras cada puesta del sol, los miembros de la guardia indígena, conformada por mujeres, hombres, niños y jóvenes, agarraban sus bastones para proteger su cultura. Esta historia la tejemos con las voces y el sentir de los Nasa que con actos de resistencia vencen el miedo, pese a los crímenes y amenazas contra sus guardias y líderes siguen en pie de lucha. A través de una declaratoria de emergencia humanitaria exigen se les respeten los derechos a la vida y a la palabra, que han sido agredidos con la muerte de 37 indígenas en el norte del Cauca en lo corrido del año. (Lea esta historia en lengua nasa yuwe)

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Armonizando el territorio

El viento sopla frío y caen gotas de rocío de una cadena de montañas de cuyas faldas brotan gigantescas palmas de cera, el árbol insigne de Colombia. Hay nubarrones oscuros que advierten de un fuerte aguacero. Es un jueves de enero de este año, a las dos de la tarde, ahí mientras el ambiente es más frío, un grupo de líderes indígenas de la etnia Nasa caminan por las empinadas montañas del corregimiento de Tacueyó, de Toribío, Cauca, suroccidente del país. Otros llegan en camionetas blancas acompañados de escoltas diferenciales, sin armas. Todos van hacia la finca Torné, un espacio donde los indígenas hacen rituales de armonización y de diálogo. Allí, a dos horas de camino desde el casco urbano de Toribío por una carretera destapada y polvorienta, analizarán los riesgos y las amenazas contra sus dirigentes y el territorio.

Los indígenas, hombres y mujeres de contextura menuda y de estatura mediana, como son casi todos los Nasa, llegan al centro de pensamiento construido en forma de kiosko. El techo está cubierto de hojas secas de palma de cera. En la mitad hay tres piedras que hacen un fogón, es la tulpa y, sobre la tierra, hay ubicados 30 troncos que forman un espiral que simboliza para muchos pueblos indígenas en América Latina el camino de la vida.

Junto al fogón está thë’ wala o el médico tradicional. Eliserio Vitonás Tálaga, de 50 años, de ojos oscuros y con una mirada serena, lleva puesta una ruana, de colores terrosos, elaborada en lana de ovejo, y cubre su cabeza con un sombrero artesanal. Los thë’ wala tienen la misión de guiar el camino para conectar con lo espiritual, el espacio y lo que acontece en sus vidas y en las comunidades.

Los indígenas en silencio se sientan en los troncos, mientras Eliserio, con un aguardiente artesanal y mezclado con plantas medicinales rocía el piso y las tres piedras de la tulpa; luego, bebe un poco. Él brinda con la uma kiwe o la madre tierra. Invita a los demás hacer lo mismo.

En lengua nativa, nasa yuwe, invoca a los “abuelos” o a los espíritus para que miren las dificultades y los guíe.

—La madre tierra está enferma.

Así inicia la ceremonia.

Se refiere a las intimidaciones y asesinatos de las que son víctimas sus líderes y al daño que les causa a los procesos comunitarios. Habla de los cultivos de marihuana y de coca que hay sembrados para uso ilícito, a la presencia de grupos que llegaron a Toribío promovidos por el narcotráfico, y a los jóvenes que se dejan influenciar por el dinero fácil. También de las familias que ven en esos cultivos una alternativa de subsistencia.

Por momentos hay silencio. Solo se escucha arder el fuego y el aguacero.

—Se siente desarmonía. A nuestro territorio llega gente de otra parte a poner el desorden, vienen con dinero para que se siembre la marihuana y la coca. Las plantas no son malas, pero la usan para hacer daño. No estamos de acuerdo, por eso debemos equilibrar nuestra casa.

Afirma el guía espiritual.

Los indígenas participan en un ritual de armonización. De las totumas rocían una bebida con plantas medicinales en las tres piedras, que significan la tulpa. Luis Ángel.

Sus palabras de ese día fueron casi como premonición de lo que pasaría en el transcurso de 2019, que ha dejado 37 indígenas muertos en el norte del Cauca. Los crímenes más recientes son de los guardias Kevin Mestizo Coicué y Eugenio Tenorio, el pasado 10 de agosto en medio de una caravana en la vía Caloto – Toribío. Y el 26 de agosto, fue asesinado el comunero Iván Andrés Mejía, en el sector de El Palo, Caloto, límites con Toribío.

Ese jueves de enero, la misión era la de conversar y juntos decidir medidas urgentes. Lo importante es vencer el miedo.

Luego inicia el diálogo colectivo.

El primero en tomar la palabra es Rubén Orley Velasco Mesa, de 41 años de edad y líder del Resguardo de Tacueyó. Porta un sombrero tejido a mano con hojas de caña y lo bordea una cinta con los colores del arco iris, los mismos de la bandera de los pueblos andinos.

Rubén es uno de los líderes más amenazados de la zona. Lleva 21 años en la organización indígena y hasta el pasado mes de junio se desempeñó como gobernador del resguardo de Tacueyó. Su nombre está escrito en un panfleto de las ‘Águilas Negras’ y por su cabeza, es decir por asesinarlo, le pusieron un precio de cinco millones de pesos (unos 1.458 dólares). El mismo papel repartido por todo el municipio en diciembre de 2018 también circuló rápidamente por chats de WhatsApp y redes sociales. Su nombre no era el único, están otros diez líderes de la misma zona. Ese es uno de los panfletos que más recuerdan, que los atemorizó.

—¿Cómo lo toma uno?

Se pregunta.

Por Edima Prada para agendapropia.co

 

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