La desnutrición no les da tregua a los niños de la Guajira

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Por Sailyn Fernández

 

Bajo una pequeña enramada, de sólo de cuatro palos, se encontraba un ataúd artesanal hecho por el tío materno de Shary, una pequeña de 20 meses arropada con una tela blanca quien falleció el pasado 30 de abril. El diagnóstico del médico fue “muerte por desnutrición crónica”.

“A veces comemos una sola vez o nos acostamos sin nada”, dijo con la mirada perdida Ángela Machado, madre de niña, una joven wayuu de 19 años que con hambre, no podía alimentar a su bebé.

El hambre es la cotidianidad de los hogares y se convierte en una lucha del cuerpo contra sí mismo. Alimentarse con condiciones de bajo peso y con las defensas por el suelo por no comer bien, era imposible alimentar a otro ser que demandaba atención y alimentación adecuada.

¿Cómo no decir que siguen muriendo los niños en la Guajira por desnutrición? Verlos con la panza hinchada y las piernas flaquitas era algo de la televisión y en otros países como los de África, no en esta Guajira donde nuestros viejos decían que comíamos comida sana porque era lo que sembraban los abuelos en las huertas artesanales. Pero la realidad cambió y hoy en día en los hogares se pueden encontrar entre dos a tres niños con problemas de alimentación.

Shary fue intervenida varias veces durante un mes por anemia, deshidratación y por una infección provocada por la desnutrición crónica con la que fue diagnosticada en el centro asistencial de San José en Maicao,  Colombia, donde estuvo internada durante 21 días acompañada por su abuela, quien dormía en el piso de este centro asistencial y vio cómo su pequeña nieta moría en sus brazos.

Esa abuela es Carmen Machado, quien con su rostro tapado con una toalla, relataba durante el funeral cómo les tocó trasladar el pequeño cuerpo hacia el poblado de Nueva Lucha II, en la parroquia Guajira del municipio del mismo nombre. “Nos vinimos en una moto desde Maicao hasta Paraguachón con la niña en brazos. Luego volvimos a tomar otra moto hasta la casa porque no teníamos cómo pagar un traslado. Al llegar, teníamos que resolver, desde las 4:00 de la madrugada tomamos la vía principal para poder recoger algo de dinero y  darle sepultura a mi nieta”.

Por su parte, Ángela revivió los días de angustia: “Han sido muchos días de agonía, nos tocó sufrir para salvar a la bebé. Soy madre soltera y Shary ya tenía muchos meses enferma. De aquí –del hospital de Paraguaipoa- me enviaron al Centro Nutricional de Las Guardias, donde me pidieron que consiguiera todos los insumos para que me la atendieran. No tenemos dinero y en el hospital también teníamos que dar todo”.

En la comunidad de Nueva Lucha II han fallecido en lo que va del año cuatro niños en las mismas condiciones de desnutrición, riesgo que al parecer corren otros infantes que tuvieron la mala suerte de vivir en una comunidad que se encuentra sumergida en la pobreza y el olvido, donde el dolor es ajeno a quienes gobiernan este municipio fronterizo.

Los funcionarios no dicen –ni escriben- las palabras desnutrición ni malnutrición. Se inventaron la frase “seguridad alimentaria” pero poco hacen para salvar la vida de quienes la necesitan. La malnutrición es comer poco, sin la posibilidad de desarrollar cuerpo y mente.

Caminando por los médanos de la comunidad de Nueva Lucha II, Ángela Machado se prepara para despedir a su pequeña hija en una tumba lejana a su casa. Pronto se irá junto a su hijo de cuatro años para una ranchería de la Guajira colombiana a buscar otras alternativas, tratando de dejar esta mala experiencia que le tocó vivir siendo tan joven.

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