Los últimos días de Evo Morales

La fotografía final de Evo Morales, ayer en la tarde, fue desoladora. Sentado en una silla plástica y visiblemente desanimado, anunció su renuncia, acompañado por una de las pocas figuras políticas que le fue leal durante sus 13 años en el poder, su vicepresidente Álvaro García Linera.

En la mañana ya había dado su brazo a torcer convocando a elecciones, pero no era suficiente.

La bola de nieve que hizo rodar en las elecciones del 20 de octubre lo terminaría aplastando.

La debacle de  Morales puede rastrearse mucho más atrás del 2019.

Soledad política

Alguien podrá decir que todo empezó cuando retorció a la Constitución de Bolivia y forzó su reelección indefinida tras el referéndum del 2016. Alguien más podrá apuntar que su mayor error fue no haber consolidado en 13 años de gestión al Movimiento Al Socialismo (MAS) como un partido sólido con cuadros que trasciendan a su propia figura y puedan sucederlo democráticamente.

Su pérdida de legitimidad social comenzó en 2011, cuando se divorció de gran parte del movimiento indígena que lo llevó al poder. Para entonces, Morales buscó imponer autoritariamente una carretera que atravesaría el Parque Isiboro-Sécure de Beni a Cochabamba.

“Quieran o no quieran vamos a construir el camino”, dijo Morales, eligiendo una modalidad despótica que lo llevaría al fracaso.

En las últimas semanas, su soledad política se hizo más evidente.

Salvo Nicolás Maduro, ningún otro líder de izquierda en América Latina ponía las manos al fuego por las elecciones que daban ganador a Morales. Los signos de fraude electoral eran demasiado evidentes y la represión con que respondió a las protestas opositoras lo acercó al tipo de político contra el que la izquierda latinoamericana ha luchado siempre.

Apenas, hace unos días, se reunió en Buenos Aires el Grupo de Puebla, una agrupación de intelectuales y políticos de la izquierda progresista de América Latina. Durante los tres días de reuniones estas personalidades, entre quienes se encuentran Rafael Correa, Ernesto Samper, Marco Enríquez-Ominami, José Mujica y Verónika Mendoza, entre otros, saludaron la victoria democrática de Alberto Fernández, en Argentina, y la excarcelación de Lula Da Silva, en Brasil.

¿Sobre Evo Morales? Al menos,en Buenos Aires, no se dijo nada.

Ayer, en la noche, ya con Morales depuesto, el panorama cambió.

Indignados por la actuación de los militares bolivianos que desprotegieron por completo al líder del MAS y sus partidarios, distintas voces de izquierda expresaron su solidaridad. De hecho, el presidente mexicano Andrés M. López Obrador le ofreció asilo político en su país de ser necesario.

Algunos más acusan que lo de Bolivia fue un golpe de estado. La participación militar este fin de semana es algo que, sin dudas, deberá revisarse con detenimiento.

Fascismo a la vista

Lo que le queda a Bolivia no es el mejor escenario. Por un lado, se encuentra como el principal líder político opositor Carlos Mesa, un expresidente defensor del modelo económico neoliberal y proclive a una política social excluyente de las mayorías indígenas.

Pero, la figura más amenazante es la de Luis Fernando Camacho, líder en Santa Cruz y un empresario convertido en político dueño de un discurso racista y en extremo conservador.

Tras la renuncia de Morales, Camacho irrumpió en Palacio de Gobierno sosteniendo histriónicamente una bandera boliviana y una biblia. La alegoría colonial se cuenta sola.

Asimismo, los simpatizantes de Camacho quemaron wiphalas, la clásica bandera de cuadros que representa a los pueblos indígenas de Los Andes. Su empeño por desaparecer los símbolos indígenas de las instituciones de Bolivia remite a un empeño fascista que la OEA y la ONU no deberían ignorar en sus informes sobre la situación boliviana.

¿Y la participación indígena?

Sin embargo, el mayor temor de los movimientos sociales, dentro y fuera de Bolivia, es que quien venga desmantele lo que sí es un mérito de Morales: haber gobernado –en gran parte de su administración– con y para la población indígena.

No es un secreto que hasta antes de la gestión del MAS, los sectores indígenas y campesinos de Bolivia habían permanecido como grupos marginales y subestimados por una sucesión de políticos nacidos en las élites criollas de La Paz y Santa Cruz.

La pregunta, como alguien que cree en la necesidad de proyectos progresistas que ocurran de la mano de las mayorías indígenas en la región andina, cae por peso propio: ¿por qué Evo nunca preparó un partido político que pudiera sucederlo?, ¿por qué optó por la fórmula del caudillo latinoamericano acostumbrado a gobernar en primera persona?

Ya es muy tarde para responder a estas preguntas. Evo no está más en La Paz. Ayer voló por última vez en el avión presidencial a Cochabamba, esa ciudad de agricultores cocaleros donde todo empezó como un sueño indígena aquel lejano 2005.

De hoy en adelante, no hay más “indio” a quien culpar y a Bolivia le queda hacerse cargo de su propio destino.


Por José Díaz, doctorante de Estudios Culturales con enfoque en América Latina en Rutgers University, para Servindi.

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