Ni el coronavirus detiene a Josefa

Por Ana Kay Farías

Ni el picor del sol, ni la lluvia, ni unas cotizas desgastadas ni la pandemia a detenido el paso de Josefa.

Antes de que salga el sol y amanezca, prende la leña, prepara el café, toma su yajaushi y se alista para salir a trabajar, pidiéndole a Maleiwa poder vender todo.
El tapabocas le cubre la sonrisa; pero, no se la borra. Josefa Epiayú, también, sabe sonreír con los ojos.
La mujer wayuu, de 52 años y de piel tostada, camina kilómetros y kilómetros desde su ranchería El Dividivi hasta el Malecón para comprar camarones y salpicón.
“¡CAMAAAROOON!”, “¡SALPICÓOOOOON!”, grita, con su voz aguda y estruendosa, por las calles de Riohacha desde hace 18 años. Va casa por casa, ofreciendo su fresca mercancía. No le importan el picor del sol ni los kilómetros que tiene que caminar de vuelta a casa, pues con esfuerzo ha sacado adelante a sus cuatro hijos y está criando a tres nietos.
Desde majayut es el sostén de su hogar. No conoce otra manera de vivir que trabajando. “Así nos enseñaron nuestras madres y abuelas, tejemos, ordeñamos, cocinamos, hacemos las cosas de la casa, atendemos a nuestros hijos y esposos. Y, si nos toca trabajar, trabajamos. Nos criaron para ser buenas mujeres”, expresa.
Nada la detiene
La pandemia no ha sido impedimento para Josefa. Desde que inició, en marzo pasado, la cuarentena por COVID-19, se equipa con tapabocas y alcohol; a veces, pañuelos que combinan con su vestimenta.
Al final del día, ya en su casa, se quita la manta y la tienden en las cuerdas del patio, así se asolearán en la mañana. Se baña con palomatía, toma su infusión de alouka, samutapai y malouwa. Cumple con los protocolos de bioseguridad para protegerse ella y, también, proteger a su familia. “Si yo me enfermo, quién lleva la comida a mis nietos?”, se expresa.
Asegura que las ventas han bajado. En ocasiones los fines de semana de toque de queda no consigue camarones. “Y es mas difícil recorrer las calles desoladas, pero lo que venda es bueno”.
Sabe de la desconfianza que mucha gente tiene en las ventas ambulantes; aun así mantiene el protocolo de bioseguridad: tapabocas, guantes, alcohol.
Los clientes fijos como ella los llama, esperan su paso para adquirir las delicias del mar que ella ofrece , su precio oscila desde los 10 mil pesos y los 30 mil pesos aproximadamente , depende del pesaje y del producto , es muy poco conversadora, trata de agilizar la venta para poder recorrer mas calles y vender los productos lo mas fresco posible.
Lleva las bolsitas empaquetadas y pesadas, solo debe entregarlas , los mismos clientes le han sugerido el uso de guantes y alcohol en el momento de la venta , así que es un detalle que ella no pasa desapercibido.
Su meta vender todo, pues esto asegurará el sustento en su hogar, no pierde la fe que esto pasara pronto y todo mejorará, mientras tanto no detiene sus pasos, con las cotizas desgastadas, la piel tostada, el sol o la lluvia sale día tras día.

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