Niños ante el hambre

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Por Sailyn Fernández

Eran de 40 a 60 niños y cuatros mujeres con otros en brazos. Yo llevaba tiempo viéndolos correr de un lado a otro. Se movían mientras llegaban los carros. La mayoría llevaba bolsos. Seguí mirándolos. Pero, de repente, vi que un niño, de aproximadamente siete años, salió corriendo como si se le fuera atravesar al vehículo que venía. Me aterroricé, pues pensé que se iba a tirar encima del carro. Me levanté de inmediato para gritar, pero me quebré cuando le escuché decir: “señor, por favor, llévame a La Raya, así sea en el capó del carrito”.

Se hacía más tarde y era posible no llegar a tiempo para el desayuno en el comedor humanitario, ubicado en el corregimiento de Paraguachón, La Guajira, Colombia.

Esto comenzó esa mañana con los gritos de los niños que veía correr en el punto de control de la GNB, en Guarero, a unos ocho kilómetros de la frontera. Me inquietó la gran cantidad de niños que esperaban embarcarse en algún vehículo. Eran rostros desesperados por comer. Me enfrentaba a la forma más extrema del hambre.

Me les acerqué y junto con ellos me quedé esperando un carro que nos llevara hasta ese comedor. Mientras esperábamos, les entablé una conversación para decirles que yo también iría al comedor.

–¿Qué era los que más anhelaban en ese momento?– les pregunté al cabo de un rato, ya en confianza.

–Llegar a tiempo para comer mi desayuno. Siempre que llegamos temprano, nos dan mucho y así podemos guardar algo en los pote que traemos en estas bolsas para mis otros hermanos que se quedaron–me respondió Javier, de ocho años , con la piel tostada y la ropa rota; pero con ojos de esperanza.

Volví a soltar otra pregunta: –¿Lo hacen todos los días?

Sí, porque en mi casa no tenemos nada qué comer. Tenemos hambre. Mis dos hermanos chiquitos lloran, porque su barriga está vacía y a mi mamá le toca cuidarlos, por eso voy al comedor”.

Con esta respuesta, sentí que ni una plaga era tan letal como el hambre.

Al hambre la conocemos solo cuando nos da y la saciamos comiendo a la hora que corresponde. Conocemos ese hambre de manera repetitiva, pero no el hambre desesperante de quienes no pueden con ella.

Esta historia la comencé con esta cruda realidad de nuestros niños de la Guajira  que buscan mitigar su hambre y la de los suyos.

El hambre les perturbó la tranquilidad a los más pequeños y  les quita la posibilidad de pensar en un cuaderno, en un aula de clase. Me impresiona cómo la pobreza les quita la esperanza de pensar distinto, les roba la ilusión de ser niños.

Algunos nos preguntamos si esos niños podrán o tendrán la posibilidad de comer al día siguiente. Y más: se imaginan a esos niños pensando en la noche cómo agarrar una cola rápida para poder llegar temprano y tener la mejor oportunidad, llevándose por delante a otros niños que tratan de sobrevivir.

La zozobra forma parte de su día a día, en medio del desespero.

Una realidad que se viene agudizando con el pasar del tiempo. No existen políticas públicas de Estado para atender a nuestros niños; no existe una estrategia para que nuestros niños no asuman responsabilidades del hogar.

Solo hay escuelas vacías y las calles llenas de niños trabajando para sobrevivir ante el  hambre.

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