Representaciones y realidades de La Guajira: Aniversario 54 del departamento

 

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Por Weildler Guerra Curvelo

Antropólogo wayuu

 

Hoy, 1 de julio,  La Guajira cumple 54 años como departamento. Esta es la más reciente etapa de una larga trayectoria como ente territorial, pues en 1501 se constituyó en esa península la Gobernación de Coquivacoa, la primera entidad política hispana en Tierra Firme.

Esta gobernación tuvo como titular a Alonso de Ojeda y su centro político fue la efímera ciudad de Santa Cruz, fundada en mayo de 1502, varios años antes de la fundación de Santa María la Antigua del Darién.

A lo largo de cinco siglos La Guajira ha sido objeto de varias reorganizaciones políticas y territoriales y sus características geográficas y sus soberbios puertos marítimos han estimulado la concepción de proyectos utópicos asociados a aventureros y tratantes de esclavos, como Fernando Ruiz de Noriega. Aunque también han servido de inspiración a grandes personajes como Bartolomé de Las Casas y el Libertador Simón Bolívar.

Actualmente, el país percibe a La Guajira como una región problemática, asociada al contrabando, la corrupción y la desnutrición infantil. Sin duda, el departamento encierra diversas ambigüedades y paradojas, pues a veces se le percibe como un joven departamento lleno de riquezas naturales y, en otras ocasiones, como una rebelde y lejana provincia que le sirve al país como reservorio extractivo y cuyos habitantes aún no han ingresado plenamente a la nación.

Tierra de utopías

Los grandes proyectos sobre La Guajira partieron, como toda utopía, de la facultad de imaginar, de modificar lo real a partir de sueños que intentaron sustituir el orden existente por otro radicalmente diferente.

La península de La Guajira ha sido tierra propicia para la concepción de utopías, en parte porque ha sido vista como una región rica en recursos naturales pero signada por un tipo de violencia constitutiva, y en parte porque se le consideró durante la dominación colonial como un territorio jurídicamente vacuo e inconquistado.

En el siglo XVIII, el comerciante español Fernando Ruiz de Noriega propuso la fundación de una nueva ciudad llamada San Fernando, en Bahía Honda, que contaría con dos fortificaciones, y para ello solicitó a la corona licencia para reclutar a cien mil marinos para la construcción.

El propio Libertador Simón Bolívar concibió en 1815, en su célebre Carta de Jamaica, el emplazamiento de la capital de la futura República de Colombia en territorio guajiro, imaginándose “(…) una nueva ciudad que con el nombre de Las Casas, en honor de ese héroe de la filantropía se funde en los confines de ambos países en el soberbio puerto de Bahía Honda. Esta posición aunque desconocida es más ventajosa por todos respectos, su acceso es fácil y su situación tan fuerte que puede hacerse inexpugnable. Posee un clima puro y saludable, un terreno tan propio para la agricultura como para la cría de ganado y una grande abundancia de maderas de construcción. Los salvajes que la habitan serian civilizados y nuestras posesiones aumentarían con la adquisición de La Goajira”.

La colombianización de La Guajira

Sin embargo, a pesar de este reconocimiento de Bolívar de que la Guajira no pertenecía a la Nueva Granada ni a Venezuela, surgió posteriormente de lleno el proyecto de colombianización en la región. Con la consolidación de la República la Iglesia católica jugó, según el historiador Vladimir Daza, un papel muy importante en la historia de La Guajira pues creó un sentido nacional en una región inestable.

Dicho autor cita una carta de monseñor Atanasio Soler y Royo al ministro de Instrucción Pública de Colombia en 1905, en la que dice: “Mi sueño dorado es conquistar La Guajira para la Republica y para la religión. Es decir, hacer de los indios hijos de la Iglesia y de la Patria, hijos de Dios y de la Constitución”.

Esta “colombianización” puede ser entendida como un proceso de modernización particular que busca superponer valores, prácticas sociales e instituciones (empresariales y gubernativas) de las culturas modernas y del interior del país sobre las tradiciones locales.

Por eso, los conflictos principales de los guajiros frente a la colombianización surgen por las tensiones que causa la implantación de un deber ser. En términos prácticos, el proceso de colombianización ha buscado integrar La Guajira a Colombia como un departamento mediterráneo, pero ha ignorado sus especificidades históricas y su condición peninsular.

De hecho, sus habitantes han mantenido nexos económicos y culturales de larga duración con el Caribe insular, especialmente con las posesiones holandesas, y por ello una de sus grandes aspiraciones es recuperar esos nexos y habilitar sus puertos marítimos dentro de la legalidad.

La imagen del indígena

Como entidad territorial La Guajira sufrió diversas modificaciones a lo largo de la República. En 1846 se creó el Territorio Nacional de la Guajira, y este fue intendencia desde 1898, comisaría desde 1911, luego regresó a ser intendencia nacional en 1954 y se erigió como departamento en 1965 e incorporó a las poblaciones cercanas al Valle de Upar que hacían parte de la antigua provincia de Padilla.

El siglo XX se caracterizó por el declive de la resistencia indígena, la consolidación de las misiones católicas en la península, un mayor control político del Estado sobre el territorio guajiro y un aumento en las luchas intraétnicas.

En 1927 surgió la población de Maicao, que prosperó a partir de un puesto de Aduanas situado en el camino a Maracaibo. En 1935 se fundó Uribia, en pleno centro del territorio guajiro, y esto permitió un mayor control del interior de la península y de sus puertos.

Con la creación de la intendencia y del departamento, la población wayuu fue la gran afectada en la reorganización territorial, pues Uribia dejó de ser la capital y los miembros de este grupo indígena pasaron a ser solo un tercio del total de los habitantes del nuevo departamento, que incorporó a Riohacha.

La población criolla dirigió el nuevo ente a partir de sus propios intereses y concepciones de bienestar y de “desarrollo”. Por ejemplo, la inversión de los recursos departamentales no fue proporcional al peso demográfico relativo de la población indígena.

Al mismo tiempo, la imagen del indígena siempre ha sido utilizada por la dirigencia gobernante criolla para sustentar las demandas de carácter nacional. Como lo ha afirmado Carl Langebaek, en su obra Los herederos del pasado, una de las pruebas de la vigencia del indígena y de su pasado es que se activa en momentos políticamente pertinentes, especialmente cuando el criollo percibe amenazas externas.

De esta manera, la imagen idealizada del indígena no tiene como referente al propio indígena sino al criollo, que a través de su ideología utiliza al nativo para representarse a sí mismo

Una región heterotópica

Como lo demuestra la representación dominante sobre la tierra guajira, dichos espacios pueden corresponder a “territorios salvajes, fronteras y tierras de nadie”, y habitados por seres romantizados por la literatura que habitan el ámbito de lo salvaje y se encuentran “al margen de la historia y quedan ubicados, todavía, por fuera del dominio de lo nacional”.Margarita Serje, en su obra El revés de la nación, nos habla de un cierto tipo de geografías políticas que no pueden considerarse geografías físicas ni regiones naturales, sino espacios de proyección y de mitificación.

Estos espacios son una especie de “contralugares” y por ello mismo son la pesadilla del centro, de la nación que se ha impuesto la persistente e infructuosa tarea de incorporarlos prontamente a una concepción unidimensional de modernidad.

Los medios de comunicación colombianos ven en La Guajira una zona situada más allá de la frontera de la civilización, habitada por gente apegada a antiguas y atrasadas formas de vida, supersticiosa, carente de valores cristianos, proclive por naturaleza a la violencia y atada a la ilegalidad. Justamente “Tierra sin Dios ni Ley” tituló, para referirse a ella, la revista de mayor circulación nacional.

Este tipo de lugares se ajustan a lo que Michel Foucault denominó “heterotopías”, como un contraste con el concepto de “utopía”. Mientras las utopías no son espacios reales, las heterotopías sí lo son, y constituyen un espacio mítico y real al mismo tiempo.

Serje los define como “lugares que seducen y disparan la imaginación por el hecho de que la densidad de su representación los muestra como una inversión del orden social del que hacen parte”

Los barcos, dice Foucault, constituyen la heterotopía por excelencia, porque son piezas de espacio flotantes, lugares sin lugar, cerrados sobre sí mismos pero entregados al infinito del mar y, como dicho autor afirma: “en las civilizaciones sin barcos, los sueños se secan, el espionaje toma el lugar de la aventura y la Policía toma el lugar de los piratas”.

Pero La Guajira también ha aportado al país cosas como la valoración del mar y la lucha por la equidad racial, a través del ejemplo del almirante José Prudencio Padilla y de Luis Antonio Robles, así como la extendida creatividad de los principales juglares de la música de acordeón, la retórica de la paz de los palabreros wayuu y parte del universo social y mítico que inspiró la obra literaria de Gabriel García Márquez.

La Guajira no es la pesadilla de la nación sino una reserva de su imaginación.

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