Nunca fue un descubrimiento / Nnojotsü kasain nantuin anain o´otsia nee wama´anamuin

Isabel Cristina Morán / @IsMoran

Los aborígenes. Los aborígenes caminaban entre bosques y aguas muchas antes de 1492. Disfrutaban de parajes y de un firmamento que los guiaba porque no habían “domesticado” el tiempo.

Y entonces vieron embarcaciones y hombres con herraduras.

Caballos, perros amaestrados.

Arturo Uslar Pietri, en su libro Nuevo mundo/Mundo nuevo, plantea que ese día coincidieron dos situaciones humanas. “La de los españoles, la de los indígenas, que fue variando a la medida en que se entró en contacto con las grandes civilizaciones americanas (…) de inmensa influencia en el gran proceso de mestizaje cultural, que es la característica mayor de la creación del Nuevo Mundo”.

No fue un descubrimiento.

Estas tierras ya existían cuando Cristóbal Colón llegó. ¿Qué es descubrir? Descubrir es avanzar. Así lo explican Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker en el prólogo de Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela -de José de Oviedo y Baños-.

Ambos aclaran que no se posee un lugar si solo se pasa por él. La geografía no es una mera contemplación. Luego del paso de los visitantes, la tierra de América siguió siendo “infinita, desconocida”. ¿Una tierra se descubre únicamente por pasar por ella? Un verbo más adecuado sería encontrar. Y a esta interrogante se le suma la incertidumbre de no poder precisar cuántas veces es necesario pasar por una tierra para decir que es propiedad de determinado caminante.

Otra visión

 Sigamos pensando en los aborígenes. En cómo hacían fuego y cómo pedían lluvia. En cómo compartían la caza y sus siembras, en verdadera sociedad “socialista”, así como todavía se encuentran algunas comunidades yukpas y barí en Los Ángeles de El Tokuko en Machiques de Perijá. ¿Dónde estaban ellos cuando se comenzó a hablar del nombre América?

Uslar Pietri asegura que se empezó a nombrar a América por primera vez en 1507. Esto se le debe “al capricho retórico de un cartógrafo de la embarcación Lorena”. Por un tiempo, los navegantes que se convirtieron casi de inmediato en los primeros cronistas de Indias, creyeron a estas tierras asiáticas. Solo cuando se “topan con costa de la actual Venezuela, cuando adquieren la noción de una Tierra Firme”, solo después del avistamiento del Pacífico se tuvo conciencia de que este era un nuevo continente.

Los aborígenes cambiaron. Dejaron de ser. También los españoles se transformaron. Sí es cierto que intercambiaron piedras preciosas por espejitos y que cuando vieron sus rostros se sorprendieron. Hablaron castellano y se hicieron cristianos. La conversión fue un proceso doloroso para los indígenas.

El nombre América aparece tardíamente. Ese vocablo predominó en la parte norte de las colonias inglesas. Tuvo aceptación a partir de la independencia de Estados Unidos. Hace seis siglos que llamamos a estas tierras así.

Antes de 1492 todo esto existía. Cristóbal Colón y sus acompañantes hallaron “una pequeña parte geográfica y humana del inmenso fenómeno histórico y cultural que hoy abarcamos con el nombre de América”.

El “nuevo mundo” no nació el 12 de octubre. Lo que sí nació fue una realidad multicultural. Gonzalo Fernández de Oviedo, en Historia general y natural de las Indias, defiende que se redescubrieron países perdidos desde la antigüedad.

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